lunes, 26 de julio de 2010

La revolución es pública




El abismo salta a  los pensamientos:
"la formación no es constante ni para siempre y
la noche también se llena de mentiras."
Las ideas caen. Derrotadas.




Yo no tengo a quien escribir, sólo tengo mi propia voz que me contesta en un tono solitario; la voz corajuda, ¡mi voz corajuda! es un recuerdo que se me está haciendo difícil escuchar y ya ni siquiera sé para qué practico este ejercicio si le gané mil veces a la cobardía.
Es de noche, y la noche con su pacto otra vez me derrota con el peor de los calvarios, es de noche y reinvento el diagrama con el que se rompe el corazón.
Quien pueda entender un desvelo, jamás encontrará la mañana más fría y solitaria que el resto de las horas. Por eso te enfrento, porque ya no le temo al mezquino refugio de la oscuridad ¡aparece luz, enfrentáme como te enfrento, mostráme ante todos, saca a relucir mis mas podridas facciones! Soy un hombre cruel, lo he sido al menos con tu batallita mediocre, no soy el hombre que le teme a la oscuridad. ¿De qué te avergüenzas, de qué me escondes? Asomate mañana miserable que no tengo a quién más enfrentar.
No tengo una dirección para que me socorra de madrugada mis ahogadas penas, mucho menos un matutino esperando que amanezca. Estoy solo, los demás ya no están o me ignoran. Maldita luz ¿realmente me temes? ¿¡Realmente le temes a quien no tiene con quién recorrer las batallas perdidas!? Eres cobarde, por eso la revolución fue de noche, no necesitamos de tu luz.
Vení que ya no tengo a quién decir que no entiendo, vení que no tengo a quién decir que alguna vez será, pero no será fácil, maldita luz del día, sé digna y enfrentame que aun sé que soy Juan José Castelli y declaro que no me gusta el anonimato, sin embargo es a quien más escribo.

jueves, 1 de julio de 2010

25 de mayo


Oxidadas, apiladas, sin fuerza y sin camino, ya no suenan. No hablo de la trocha angosta del ferrocarril, de la sirena con bocanadas de humo en cada estación, de los pañuelos con lágrimas, del adiós envejecido en un “hasta pronto”. No, en ningún momento voy hablar de la rutina del maquinista. Me refiero en cambio a las voces de mil novecientos cuarenta. Algunas están calladas en los libros, otras en algunos recuerdos. Lo que propongo, sin poesía, es que no duerman. Lo manifiesto, es que a las palabras no se las lleva el viento. Hace tiempo que nos quieren hacer creer que los jóvenes estamos sin voz. De la revolución sólo se habla con despojos, con distancia, como tarea cumplida, como algo que no tuvo precio, como un cuento de muchos héroes y un solo bandido.
Doscientas sillas del sillón de Rivadavia, doscientos libros de la historia de Mitre, doscientos bicentenarios en Latinoamérica.
Cuántos años han pasado ya de nuestra libertad y con cuánta capacidad repudiamos el método imperial, sin embargo, ese extorsivo sistema fue funcional para nuestra patria. Religiosamente conquistamos el sur, rigurosamente destruimos Paraguay, impunemente negociamos con otros imperios que colateralmente hicieron arrinconar a otras naciones, caprichosamente endeudamos el apenas recién nacido estado.
Son doscientos años de ignorar nuestros más estratégicos errores, doscientas maneras extrañas de transmitir la historia.
Por alguna razón se decidió hablar del héroe argentino por sobre todas las cosas. Doscientas veces indiferentes a Latinoamérica.
Méjico siempre nos quedó lejos, aunque llegó Salvador Allende, de Haití – Simón Bolívar y San Martin juntos, nunca hicimos un acto en la escuela pública. Doscientas formas de ver Latinoamérica.
Mostrarse ante una mujer equivocada es un error de todo hombre y si la revolución fuese una mujer, algo peor que la revolución sería el amor. No hay revolución sin amor, son términos inseparables, doscientas veces inseparable.